jueves, 24 de enero de 2013

Pongamos que hablo de...caretamuros.

Quien mucho se esfuerza para mostrar cualidades, lo hace porque necesita distraerse de la verdad: que por dentro está vacío pero no lo quiere aparentar.

domingo, 20 de enero de 2013

Pongamos que hablo de... indagación.

Hay un tipo de angustia que me da miedo. Es ese sentimiento que está en algún lado cercano a la melancolía y a la desorientación, que por separado siempre dejan un matiz dulce pero juntos son amargos como morder un grano de café. 

Es como si te oprimiesen el pecho unas manos y ahogases un grito, y acto seguido como si el aire no pudiese salir. Se te queda la cara como al de El grito de Munch, y sientes como si te estuviesen despedazando desde las entrañas. Y como al de El proceso de Kafka, te invade la incertidumbre, ¿por qué? Si yo no he hecho nada.

"Para conseguir lo que quieres, primero tienes que saber lo que quieres." Qué obviedad. A veces me da la impresión de que estoy perdida. Otras de que ya me encontraré, que no tengo que ser tan impaciente. La palabra destino me hace alusión a la excusa que ponemos todos para ir dejando pasar las cosas que deberíamos hacer para cambiar nuestras vidas, y que no hacemos por la razón que sea. Llámame escéptica.




Pongamos que hablo de... soberbia.

"Yo decido la dirección de mi vida, pero tú marcas el sentido". Y de esta forma me despierto a las 7:15, con una alusión a los vectores matemáticos como metáfora sobre el amor. Algo me está pisando y me restriega unos bigotes contra la nariz, consecuentemente le estornudo en la cara. Los que tengáis gato comprenderéis lo que digo, tienen una asombrosa capacidad de aprendizaje de la rutina de una persona. Aunque en ocasiones me de la impresión de que sólo es una oportunista con un hambre descomunal, ejerce de psicóloga muda varias horitas al día con una dueña que acumula demasiados cambios de humor en poco tiempo.

Me he despertado de un sueño en el que caminaba sola por las calles de Londres. Me había perdido y no encontraba mi hotel, pero por más que preguntaba todo el mundo me miraba escandalizado y me llamaba "loca, loca, loca". Solo una mujer en el metro me dijo "das miedo porque vas sola. Y si vas sola es que nadie te conoce lo suficientemente bien como para ir contigo." El sentido de los sueños es frustrante: ahora sí que soy incapaz de seguir durmiendo. No en vano se trata del afloramiento del subconsciente cuando el consciente descansa, lo que me hace preguntarme qué otras cosas me atormentan cuando duermo mis seis horas diarias. A los londinenses que me han acompañado esta noche solo deseo decirles que no me disgusta en absoluto ir sola, que mi orgullo es demasiado suyo como para mendigar compañía, y que para que la gente me conozca bien siempre hay tiempo de sobra.

sábado, 12 de enero de 2013

Pongamos que hablo de... filosofía de primero.

Dar una respuesta


El hombre, durante toda su historia, ha sido una víctima de su espíritu curioso dedicándose a interpretar todo aquello que veía. La necesidad de explicar los fenómenos y el porqué de las cosas que nos rodean es  tan innata en él como el comer, el dormir y el resto de necesidades biológicas. Dar una explicación coherente a los fenómenos de nuestro mundo y dejar de nadar en los mares de la incertidumbre se convirtió en algo más que satisfactorio, de modo que el objetivo de los Ilustrados era llegar a toda costa al verdadero conocimiento, era el punto álgido, el clímax para el hombre. ¿Y qué es el verdadero conocimiento? ¿Cómo llegar hasta él?

Tal era la obsesión que la ciencia fue tomada como algo sólido, perfecto, absoluto, palabra de Dios. Las teorías eran inmutables e inequívocas, así como la idea de su modificación, impensable. Esta ideología es conocida con el nombre de Modernismo, cuyos pensadores desde la Ilustración rechazaban todo tipo de relativismo y consideran la práctica como la herramienta mágica, aquella que permite llegar a la verdad, la utopía. Podrá parecerle gracioso, pero al igual que los objetivos que tenemos hoy en día no tienen que ver con los de los antiguos, la sola idea de alcanzar esa verdad absoluta era el sentido de la vida para los hombres, hasta llevarlos a la locura. Y no, no eran locos, tan cuerdos como cualquiera de nosotros, incluso con algo por lo que vivir, cosa que hoy en día escasea entre los hombres... pero eso es una reflexión aparte. ¿Verdadero conocimiento?

Hoy en día nos encontramos con un pensamiento relativista, típico del Posmodernismo, cuyas bases defienden que la ciencia no aporta soluciones absolutas sino que cada teoría es provisional y puede modificarse según nuestra propia conveniencia y nuestros hallazgos. Estas ideas nacieron, en parte, del utilitarismo inglés de la mano de J.S. Mill y del pragmatismo americano con W. James (datos históricos para más información), y ambas corrientes de pensamiento desmienten que la ciencia sea capaz de dar explicaciones totalmente verdaderas e inmutables y que, por tanto, puede cambiar.

Claro, esto para un modernista supondría el absoluto caos. ¿Cómo que puede cambiar? Pues del mismo modo que yo me quedé cuando me explicaron la fotosíntesis en 2º de Bachillerato y me acordé de las explicaciones de Primaria, o quizá cuando salen nuevas teorías refutando a otra en los medios de comunicación. Ya estamos acostumbrados, pero mi amigo el modernista se arrancaría la peluca del ataque de ansiedad que le daría. A lo largo de toda la historia hemos tenido diversas teorías sobre los mismos temas, los cuales ha ido evolucionando, cambiando, (¿)mejorando(?) según pasaba el tiempo y los estudios continuaban. Este pensamiento nos lleva a la conclusión siguiente:  todo lo que creemos saber hoy puede ser incorrecto mañana. Y teniendo en cuenta de que creencia se opone a conocimiento desde tiempos de Sócrates... tenemos que asumir que no hay una respuesta perfecta que nos lleve a ese clímax para la especie humana. La ciencia no es el camino para llegar a la verdad, sino la herramienta de simple traducción para que el hombre pueda entenderla. Las teorías son como gafas que nos ayudan a ver mejor la realidad, pero cada cierto tiempo hay que cambiarlas para ampliar horizontes, ampliar nuestra manera de ver las cosas, abrir la mente. ¿Para qué sirven, entonces? toda esa sarta de teorías actuales que me toca estudiar si puede que en el futuro se descubra que eran falsas y encima se sustituyan por otras que habrá que estudiar, con el mismo riesgo? En mi opinión, sirven para que el ser humano no se pierda en el caos del analfabetismo, para que pueda interpretar esa verdad de un modo más o menos correcto, para que pueda desarrollar su sentido crítico. Para que algún día, alguien encuentre teorías alternativas que sustituyan a las actuales o cómo mejorar las que están en vigor. Para que algún día, quién sabe, sea alguno de nosotros el que las encuentre. 










Entrada dedicada a Eusebio Delgado: 
Esas obras de arte dadaístas en la pizarra que tú solías llamar "esquemas", dignas de un museo de arte moderno, eran inspiradoras.
Gracias por cada trabajo que mandaste, que en mitad de una sesión de estudio un sábado para el examen del lunes puedo encontrarme por casualidad... con la consecuente necesidad de mejorarlo.

viernes, 11 de enero de 2013

Pongamos que hablo de... flotar.

Mi carácter y mi estado de ánimo son dos peculiares aspectos con los que yo ya he decidido tirar la toalla. Sin esperarlo, sin comerlo ni beberlo, puedo estar llorando; al minuto reír como una descosida y sentirme feliz; minutos después, a saber... como en una montaña rusa, sin saber bien si estoy arriba, si estoy abajo y dónde estaré dos segundos después.

Y es lógico: mi amor propio se indigna. No es capaz de explicarse cómo demonios a mis casi diecinueve años tardo mis buenos ratos en despejarme de problemas, y éstos se van solos, sólo con verte aparecer.

Pongamos que hablo de... nisiquierapseudociencias.

Cada vez que el horóscopo acierta con un tema que me preocupa, mis neuronas hacen un suicidio colectivo. Y últimamente tengo miedo de quedarme sin ellas.

Pongamos que hablo de... zas.

Una cosa es buscar y otra muy distinta es encontrar. Es así como las cosas deberían pasar.

Pongamos que hablo de... deloreans.

Algún día me arrepentiré de todo lo que me callo y de esperar cosas del resto. Mientras tanto, eso es asunto de mi "yo" del futuro.

Pongamos que hablo de no verte la puta cara.

Abre los ojos a las 6, sobresaltada y se pone en pie deprisa. No le importa que su pie se congele debido a las zapatillas viejas y rotas de estar por casa, que desgasta más que unas deportivas cualquier niño de 10 años. No me da tiempo, no me da tiempo, tengo que hacer comida para todo el fin de semana.

La niña le pidió que le despertase pronto para estudiar, pero tras varios intentos fallidos decide seguir durmiendo y ella suavemente le cierra la puerta de la habitación. No hay tiempo que perder.

Se mete de cabeza en la cocina que la recibe tal y como la dejó la noche anterior. Primero necesita una fuerte dosis de cafeína y nicotina, a la par que mira el humo hacer formas extrañas sobre su cabeza. Qué va a ser de mí. Se visualiza: 50 años y todos los días la misma canción, afrontándolo con la mejor de las sonrisas, recibiendo palos de todos los lados, tratando siempre de estar bien para todo el mundo. Ella sabía muy bien que todo lo que se sacrificaba apenas era valorado por los demás, pero era incansable y su prioridad era continuar al pie del cañón. El problema de este mundo, como tantos otros, es que si haces todos los días buenas acciones basta con fastidiarla un día y equivocarse para que siempre te lo estén recordando. El pecho lo tiene inundado de angustia, pero hoy le late con fuerza.

Nunca se había imaginado en esa situación y por fin iba a hacerlo. Intentaba explicarse a sí misma que no estaba haciendo nada malo, pero sin saber por qué se sentía culpable. Y de nuevo intentaba convencer a su cabeza de que toda una vida dedicada a la misma persona para no ser tratada de forma bonita ni una vez no era vida, que merecía algo mejor. A nadie le estaba haciendo daño.

Tres horas más en la cocina organizando y preparando todo tipo de comidas que dejar ese fin de semana para no tener que escuchar ni un tipo de reproche. La organización ya es cosa de ellos. Tengo que ir al banco a mirar los papeles que me ha pedido. No me va a dar tiempo. "¿Sí? Sí, he ido, pero estaba lleno de gente, voy a ir más tarde...". Quien la conocía bien sabía que siempre tenía miedo y por eso siempre mentía, para no afrontar las cosas cara a cara. Por eso en el fondo subyacía siempre su sentimiento de culpa y su angustia, inundando su pecho lleno de alquitrán.

Me tengo que teñir y comprar tabaco. Gel. Maquillaje. Y sin más preámbulos le pregunta a su niña qué cosas puede llevarse. La otra hace un gesto con la mano como diciendo "no voy a necesitar nada" mientras se quema la lengua con el café y a duras penas escucha dos palabras seguidas, pero acierta a escuchar "macarrones" "arroz" "plato pequeño con gulas" "alitas" "codillo".

A medida que se echa el tinte y se acerca la hora se pone cada vez más nerviosa aunque sigue pensando que  hace algo malo. Le pide dos o tres veces a su hija el bolso que le regalaron por su cumpleaños, la otra está absorta en el ordenador y lo va dejando pasar, aunque ese bolso le trae tan malos recuerdos en ese momento que tiene ganas de no volverlo a ver.

Busca los zapatos de tacón que más le gustan, medias, coge ropa. La maleta de viaje de la niña. Alucina cuando la niña le hace un ofrecimiento "que no va a necesitar", pero que coge por si acaso. Nunca es bueno guardar algo por si acaso y más algo así, pero por si acaso ahí se queda.

Le llama su hermano por teléfono. Le llama su hermana. Conciertan la hora. Se va volviendo loca. Un cigarro. Un café. Se intenta peinar. Cuando me llame y se entere de que no he ido al banco me la va a montar. Que le jodan, en el fondo piensa.

Solo es un fin de semana y sabe que va a tener que hacer frente al reproche de abandonamiento que va a escuchar al volver, pero con un poco de suerte cogerá al toro por los cuernos y volverá mucho mejor. Se emociona como antes de una cita, como antes de un vis a vis, se siente en el fondo como en un permiso de quince días libres de una prisión, aunque vayan a ser dos escasos.

Y va a pintarse aún desbocada por la hora, porque en una hora y media ella y su hermana se marchan, pagando ambas por algo que hicieron de jovencitas: quedarse al lado de un idiota que jamás las valoró ni hizo nada por ellas.

Pongamos que hablo de nubarrones.


El ambiente huele a rutina y a café recién hecho, como si dos manos te ofreciesen en una la sal y en la otra el azúcar. El tiempo se escapa tan fugaz que parece que nada pasa, que es estático, que somos  meros observadores de una película muy aburrida.
El ambiente siempre trae conversaciones ensordecedoras sin ningún sentido de gente que habla, habla y habla, por supuesto sin escucharse, pero vaciando el saco donde se van acumulando los problemas.
En algún lugar del mundo hay personas que se levantan y al tiempo que cogen el café se guardan también la rutina solo para no hacerle el feo. Se miran al espejo y la amargura del café se ha comprado un piso en su expresión. Fácil compararlos con como los cactus pero al revés; un interior cubierto de espinas que se chocan unas con otras casi como en los palos de lluvia, y por fuera nada tiene que ver, como una barrera infranqueable al paso de nada.

El mundo está ansioso de vomitar sus problemas para por fin darse cuenta de que al interiorizarlos los vemos mucho más grandes de lo que son. Muerto el perro se acabó la rabia y por eso al hablar se sienten un poco más felices. El protagonista de Fight Club se hacía pasar por enfermo terminal para llorar junto al resto, que se desahogaban con él, y eso hacía que tras llorar y llorar pudiese superar el insomnio que le mataba cada noche. Hay gente que para paliar con sus problemas se alimenta de los del resto, y paradójicamente liberarles de esa carga y quedarse ellos con ella los hace un poco más felices. No son buenas personas ni almas caritativas, sino individuos cuya forma de olvidar sus problemas es centrarse en los del resto para ayudar a que sean menores.

Les gusta más imaginar cómo será su vida que vivirla en el sentido de la palabra. Nunca es suficiente ni lo será. Todo es perfeccionable. El perfeccionismo es una forma de evasión de los aspectos de este mundo que la van ahogando y comprimiendo, pero a la vez es autocondenarse, es un círculo vicioso, una droga que te lleva hasta arriba y te suelta, te vuelve a elevar y te tira, y en cada viaje la adrenalina se dispara, y en cada caída la misma pregunta, ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

La pregunta tras leer esto es: ¿y qué? Ese es el problema. Ya nada nos conmueve ni nos importa.