La realidad es música. Es el compás de un paso, la canción de una risa, el acorde de un
llanto, el tono al desabrochar una camisa. Es la rabia de la indiferencia, la
melodía de un orgasmo, el grito de la desesperación, el susurro de la
complicidad. El punteo de las hojas de los árboles al viento, el canto lírico
de la nieve o la improvisación de blues de la lluvia. Es el canon de tus
amigos, es la capella de un triunfo, es el instrumental de reflexiones
internas, es el solo de una mirada. Es la canción de cuna de un pensamiento, es
el estribillo de la rutina, es la estrofa de un reencuentro y el pentagrama de
una vida. Es la bailarina de nuestro coraje, el MC de nuestra rebeldía, el violinista
de nuestra determinación, el niño que imita a Michael Jackson de nuestra
ilusión. Es el réquiem de la experiencia, es el jazz del religioso, es la pieza
del escéptico, es la misa del científico. Es el cuarteto de cuerda del niño, la
flauta de pan del abuelo, el acordeón del rico empresario y la zarzuela del que
toca en el metro. Es el do de enamorado, es el re de irresponsable, es el mi de
amistad, es el fa de familia, es el sol que brilla en tus ojos, es el la de las
caracolas que suenan como el mar, es el si... de un sí puedo.
Recopilación de historias reales, soñadas o inventadas, pensamientos, sentimientos o delirios en una servilleta de bar. *Sabina.
viernes, 9 de noviembre de 2012
jueves, 1 de noviembre de 2012
Pongamos que hablo de finales amargos.
Aunque pareciese insignificante, uno de los sueños de su vida era acurrucarse junto a una chimenea con una manta calentita. El sueño se volvió de oro cuando él se incluía y la abrazaba también. Podían quedarse mirando el fuego durante horas, mientras sonaba de fondo una melodía a la que parecía escuchar el fuego y moverse a su son.
Habían pasado siete años y en realidad parecía un intervalo en su vida en el que el tiempo se había parado. Parecía ayer cuando le conoció. Parecía ayer cuando se fueron de viaje juntos por primera vez. Parecía ayer cuando se graduaron. Parecía ayer todo. Parecía imposible comprimir tanta historia en un solo ayer. Una densa mezcla de felicidad, deseo, tristeza, celos, enfados, odio, esperanza, ñoñerías, estupideces y amor. Y tanto mezclar había pasado factura. El otoño no era otoño sin sus días de paseos interminables. El invierno no era invierno sin sus manos calentitas. La primavera no era primavera sin sus toneladas de pañuelos debido a la alergia. El verano no era verano sin las huellas en zig-zag en la arena de la playa, de una pareja desorientada que buscaba una plaza en el hotel de la luna con una botella de Lambrusco vacía.
Se terminó el Lambrusco. Se terminó la canción. Se terminó el pastel. Se terminó la chimenea. Se terminaron las noches dadas de sí hasta la mañana. Se terminaron los desayunos. Se terminó el pastor alemán. Se terminó el gato. Se terminó la parejita. Y así se acabó.
Y el orgullo también, pero tarde. Una maleta en la puerta y una única palabra que jamás sería pronunciada a tiempo, que la soberbia jamás le permitiría decir, la palabra no dicha que hizo que la puerta se cerrase para siempre terminando aquella historia.
Y así llorando se quedó en la cama, susurrando la palabra que habría evitado todo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)