viernes, 9 de noviembre de 2012

Pongamos que hablo de melomanía.



La realidad es música. Es el compás de un paso,  la canción de una risa, el acorde de un llanto, el tono al desabrochar una camisa. Es la rabia de la indiferencia, la melodía de un orgasmo, el grito de la desesperación, el susurro de la complicidad. El punteo de las hojas de los árboles al viento, el canto lírico de la nieve o la improvisación de blues de la lluvia. Es el canon de tus amigos, es la capella de un triunfo, es el instrumental de reflexiones internas, es el solo de una mirada. Es la canción de cuna de un pensamiento, es el estribillo de la rutina, es la estrofa de un reencuentro y el pentagrama de una vida. Es la bailarina de nuestro coraje, el MC de nuestra rebeldía, el violinista de nuestra determinación, el niño que imita a Michael Jackson de nuestra ilusión. Es el réquiem de la experiencia, es el jazz del religioso, es la pieza del escéptico, es la misa del científico. Es el cuarteto de cuerda del niño, la flauta de pan del abuelo, el acordeón del rico empresario y la zarzuela del que toca en el metro. Es el do de enamorado, es el re de irresponsable, es el mi de amistad, es el fa de familia, es el sol que brilla en tus ojos, es el la de las caracolas que suenan como el mar, es el si... de un sí puedo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Pongamos que hablo de finales amargos.


Como un trozo del mejor pastel, esos dulces y que no empalagan, se terminó. Como la canción más hermosa y poética, se dio cuenta de que había despertado. Intentó con toda su alma seguir durmiendo, pero el sueño se escapó entre sus dedos... no. No quiero despertar. No quiero vivir. Quiero quedarme para siempre en el mundo del subconsciente y ser un ente volador sin cuerpo. El mañana inevitable llega, el tiempo no se detiene. Abraza su almohada empapada, encoge las piernas. Frío, pelos de punta y ojos mojados, las mejillas rojas y húmedas. No quiere abrir los ojos para mirar el despertador. Finge tener cinco años y taparse hasta las orejas pensando sólo en hacerse la enferma y no ir al colegio. Desaparece bajo las sábanas como si le proporcionasen invisibilidad, como si pudiese ver el resto del mundo y éste no la viese a ella. Tiene las manos frías como témpanos, como en las noches de verano tras sujetar una copa con hielo, como en las tardes de invierno por el retiro, como las mañanas esperando que viniese a recogerla, el viento revolviendo su pelo y haciendo que cerrase los ojos. Y finalmente salir de la parada de Santa Eugenia y ser recogida por los labios más cálidos de todo el universo. Y pensar que esas mañanas tenía que ir a la Universidad. Esos despertares que se habían convertido en rutina, a los que ya les había cogido hasta manía pensando en la magia de las noches de verano, largas como los besos que le daba él. Y esas mañanas que comenzaban a la una o las dos de la tarde. Y nada más abrir los ojos pensar en él. "He hecho macarrones gratinados como te gustan a ti, ¿te vienes?". Y sustituir la dieta por una pasta deliciosa y por una tarde viendo películas absurdas. Tirar las palomitas por los suelos y compartir las chucherías. Y cuando ya dejaban de pegarse con las almohadas se pegaban con los ojos, los labios y el alma. Y con días como ese el verano se convertía en magia. La magia de su sonrisa mientras sujetaba una fuente de cualquier creación culinaria, o después de hacer una estúpida broma, o después de tomarle el pelo "¿Qué pasa, hoy no te apetecía peinarte?" y la hacía de rabiar por haberse rizado el pelo ese día. La dulzura de sus brazos aferrados a los suyos, como un niño pequeño abrazado a su peluche. Tal y como ella ahora abrazaba a su almohada empapada de lágrimas saladas. El domingo ya no olía a café recién hecho ni tostadas. Cuando le conoció él no tenía costumbre de desayunar. Hacía poco que se levantaba siempre dos horas antes y le preparaba el desayuno. Se lo llevaba a la cama y desayunaban. Después, comían lo que le había preparado. De esa forma le había cogido el gusto a los cruasanes a la plancha que se quedaban fríos. Muchas veces la comida se quedaba sin tocar.
Aunque pareciese insignificante, uno de los sueños de su vida era acurrucarse junto a una chimenea con una manta calentita. El sueño se volvió de oro cuando él se incluía y la abrazaba también. Podían quedarse mirando el fuego durante horas, mientras sonaba de fondo una melodía a la que parecía escuchar el fuego y moverse a su son.
Habían pasado siete años y en realidad parecía un intervalo en su vida en el que el tiempo se había parado. Parecía ayer cuando le conoció. Parecía ayer cuando se fueron de viaje juntos por primera vez. Parecía ayer cuando se graduaron. Parecía ayer todo. Parecía imposible comprimir tanta historia en un solo ayer. Una densa mezcla de felicidad, deseo, tristeza, celos, enfados, odio, esperanza, ñoñerías, estupideces y amor. Y tanto mezclar había pasado factura. El otoño no era otoño sin sus días de paseos interminables. El invierno no era invierno sin sus manos calentitas. La primavera no era primavera sin sus toneladas de pañuelos debido a la alergia. El verano no era verano sin las huellas en zig-zag en la arena de la playa, de una pareja desorientada que buscaba una plaza en el hotel de la luna con una botella de Lambrusco vacía.
Se terminó el Lambrusco. Se terminó la canción. Se terminó el pastel. Se terminó la chimenea. Se terminaron las noches dadas de sí hasta la mañana. Se terminaron los desayunos. Se terminó el pastor alemán. Se terminó el gato. Se terminó la parejita. Y así se acabó.
Y el orgullo también, pero tarde. Una maleta en la puerta y una única palabra que jamás sería pronunciada a tiempo, que la soberbia jamás le permitiría decir, la palabra no dicha que hizo que la puerta se cerrase para siempre terminando aquella historia.
Y así llorando se quedó en la cama, susurrando la palabra que habría evitado todo.