Hoy podría preguntarle a quien quisiera, pero todos me darían la razón si digo que la música es tan parte de uno mismo que casi podría considerarse una relación de amor como la que une a una madre con su bebé, para toda la vida desde el principio. Eterna, preciosa, de esas que conmueven. Nada puede hacerte sentir al mismo tiempo tan bien, tan mal, tan feliz, tan desgraciado, tan vivo. La música nos duele y nos aviva. Nos sentimos identificados con ella, como marionetas, dejando que se cuele en lo más profundo de nuestro ser y que haga con nuestros sentimientos lo que hace una adolescente con su habitación cuando no sabe qué ropa ponerse ese día.
Todos los momentos de la vida precisan de una melodía de fondo. Todo lo que vives tiene su propia banda sonora. Una canción puede hacerte viajar a otro lugar, que podría ni existir, o eso creías hasta que te ves sumergida en él. Te lleva a otro tiempo, futuro, recuerdo, momento. Una canción puede transformarse en una persona.
Y como en cualquier relación, a veces hay una ruptura. A veces la música pasa a ser un segundo o tercer plano de tu vida. Descubres que no la necesitas día a día. Tus cascos pasan a coger polvo en el interior de un cajón.
Pero algo cambia, entonces ocurre. Ella vuelve con fuerza removiéndolo todo, descolocándote la vida, haciéndote de nuevo los días más rápidos, con un sentido, con algo por lo que pasar al siguiente.
Cuando la música volvió a mi vida, cuando se convirtió en mi necesidad, mi amiga o desahogo, mi fiel confidente que comprendía tal y como podía sentirme, y en el verdugo que condenaba mi sufrimiento, me di cuenta de que había vuelto por culpa de un viejo sentimiento.
A veces no nos damos cuenta de lo que sentimos hasta que lo escuchamos y nos viene a la mente la imagen de una persona. Y aunque yo sé que no me quiere como quizá lo hago yo, o que no lo sabré nunca... yo siempre tendré en mente esa foto en blanco y negro.